LA VISITA
Tano no tocó a la puerta. No lo necesitaba. Esther estaba allí mismo. Frente a él, aunque, tras la cristalera.
Lucía un traje de fiesta negro, con algo de vuelo, y que, bajo determinada luz, hacía aguas.
Sus piernas seguían siendo increíbles. Largas y estilizadas, no parecían, ni de lejos, a las de una típica campesina extremeña.
Tal vez, ese fuera el problema. De niños, e incluso de adolescentes, en el pueblo, todo había sido juego, risas, cervezas e improvisación.
Pero, todo ´cambió, cuando, al terminar sus estudios en Madrid, decidieron quedarse, porque a él, le habían ofrecido un puestecillo de pasante, en un despacho de postín.
Con el tiempo, Julián Sáenz, uno de los socios fundadores, se fijó en el trabajo del extremeño, y le fue dando responsabilidades.
Imperceptible, pero irremediablemente, la vespino fue cediendo el paso al B.M.W., Las botellonas y las parrilladas, a los cócteles y a las cenas de empresa.
Para aquellos ágapes, Esther solía enfundarse en un modelito idéntico al que llevaba el maniquí que tenía delante. Por eso, agarró un adoquín y lo estampó contra la luna del escaparate.
