16 Mayo 2010
Moshé llevaba semanas trabajando en la fundición, pero, aún no había visto a Karl. Empezaba a pensar que no existía, que todo era un mal sueño. Se estaba trastornando.
De repente, una tarde, envuelto en esa asfíxia insoportable, que emanaba del horno y del rojo hedor del plomo fundido, pensó, por un instante, en arrojarse dentro y dejar de sufrir.
Las voces, a su alrededor, se diluyeron. Estuvo a punto. Pero, tal vez fuera el Señor, escuchó, en su cabeza, claramente, la voz de su hijito. Debía sobrevivir, hasta encontrarlo.
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15 Mayo 2010
En la fundición, hacía un calor sofocante. Hombres que, en tiempos, habían sido grandes y fuertes, como troncos de castaño añoso, caían agotados, por las extenuantes jornadas, de 18 horas, frente a un horno, que parecía la boca del infierno.
Todo ese plomo transmutaría en balas, necesarias para aprovisionar al ejército nazi.
Sin embargo, allí, nadie cuestionaba nada, nadie huía. Se limitaban a hacer su trabajo, sin pensar, como autómatas sin sangre, ni autoconsciencia.
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10 Mayo 2010
El campo 3 olía al sudor de la piel de mil esclavos.
Los hombres caminaban pasos grises, acarreando enormes sacos, que apilaban en ordenados y asépticos montones.
Moshé miró a uno de aquellos mulos de carga. Éste le devolvió el vistazo, con los ojos vacíos de esperanza, prosiguiendo su marcha, a ningún lado.
Más tarde, con el tiempo, sabría que la carga de esos sacos era jabón, hecho de grasa humana.
A las 19:00, sonó la sirena, y oficiales de las S.S. escogieron a 2 desgraciados, con los que testarían el gas.
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8 Mayo 2010
Cuatro números, además de Moshé, pasaron la prueba. Otros cuatro, con menos suerte, acabaron con una bala en la base del cráneo.
La hipotermia también quiso participar en el proceso de selección, matando a dos ucranianos.
Los séis cadáveres quedaron en el suelo nevado. Expuestos a la voracidad de unos pastores alemanes, que no habían comido, en tres días.
Aterrados y ateridos, los cinco sacos de huesos supervivientes subieron al camión, que, lentamente, los llevó al campo 3.
Ningún gesto de alibio fue visible. Salvo una chispa azul, saltando de los ojos del prisionero 739.
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5 Mayo 2010
Moshé pasó varias noches en vela, tratando de inventarse un pretexto para ser trasladado a Aushwitz 3.
Daba vueltas y retorcía el cuerpo, de modo que se salía de la pequeña esterilla, robada a un cadáver, que a duras penas, amortiguaba el roce de sus huesos contra el frío suelo.
La respuesta llegó, la mañana del 12 de febrero. cuando, a empellones, los sacaron a la nieve del patio.
Algunos todavía estaban desnudos y tapaban su sexo con sus manos.
En el patio, parado, como un monstruo sin fuerza, un camión.
De repente, la voz de un alemán bramó, diciendo:
- Quien sea capaz de arreglarlo irá a la fábrica-
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1 Mayo 2010
Simón le dijo aMoshé que fue Karl, un mestizo germano-rumano, de ascendencia gitana, quien le contó que había visto a un judiíto, donde las rameras.
Moshé sabía que, si había algo que los nazis odiaran, más que a un judío, eso era un gitano. Tendría que ser cauteloso y discreto, si quería saber de su hijo.
El gitano estaba trabajando en la gran fábrica del campo 3. Así que Moshé se las arregló, para que lo enviasen allí. Era arriesgado. Pero la sed de Moshé, por los suyos, era más fuerte que cualquier peligro.
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29 Abril 2010
Mirta sintió el aliento de aquel S.S. Olía a vozka mal destilado, a sudor y a tabaco.
Su saliba era agria, sus besos, mordiscos sin amor, deseosos del flujo de una hembra.
Retorció sus pezones, sin cariño, ni tacto, ordenándole gemir, porque ella estaba callada y dócil, como una muñeca de trapo.
Mirta obedeció. Pero, su suspiro, sin fuelle, era mentira.
Cuando la penetró, el cerdo la llamó:
- Puta judía-
El corazón de Mirta lloró sangre, mientras se decía que aquello lo hacía por Gertrud y Jacob.
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28 Abril 2010
Moshé sacó el quinto cadáver del horno crematorio 27. Sólo era un puñado de ceniza.
Nada diferenciaba a aquel muerto de otros 100. Nada, salvo la pena del carretillero, que, imaginando a un hombre, sus sueños y esperanzas, paró un segundo, miró al tiznoso cielo, como rogando a un dios sordo y sin fuerzas.
Segundos después, una mano rozó su espalda. El sobresalto duró poco. Era Simón, que, sonriendo levemente, dijo:
- Tu hijo está vivo-
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